domingo, 11 de junio de 2017

Diario de un poeta que acercó a Baroja y Juan Ramón a Poznan, Polonia (y II)

Hoy me marcho de Poznan

Hoy me marcho de Poznan. Es muy posible que Poznan nunca se marche de mí. Las cosas que uno vive y vivifica, las ciudades en que uno vive y le vivifican y, claro, las personas que uno conoce y que a uno le raspan, todo eso nunca se marcha. Nunca se marcha de mí.

Poznan 
Hoy me marcho de Poznan. Es muy posible que algo mío mínimo quede en esta villa. No me refiero sólo, por ejemplo, a mis excrementos. Sino sobre todo a algo metafísico muy mío. Vaho. Transparencia. Pena. Incluso es posible que el vuelo de alguna de mis clases sobre Juan Ramón planee Poznan eternamente. Incluso es posible que mi vino juanramoniano emborrachara de sangre algún corazón estudiantil.

Hoy me marcho de Poznan. Es muy posible que mi asco por Guillermo II y por los jerarcas del nazismo y por los jerarcas del comunismo prostituido se permanezca aquí. No quiero llevármelo. Quiero llevarme los ojos vulnerados por tanta Belleza como han querido ver.

Hoy me marcho de Poznan. Es muy posible que algún verso polaco se venga conmigo. Porque ahora mismo, para hacer tiempo, para que el tiempo me haga mientras espero ir al aeropuerto, estoy sentado, escribiendo -esto, escribiendo esto-, en la Biblioteca del Conde Raczynskich. Creo que este apellido significa “instante quieto”. Si no lo significara, debería. Porque ahora mismo, para hacer el tiempo, estoy sentado escribiendo en esta Biblioteca condal. Para disimular mi extranjería he cogido, al azar, un libro. Un libro polaco. En polaco. Estoy seguro de que es un libro de Poesía. No hay duda. Por la disposición tipográfica. Y porque el libro ocupa. Pero no pesa. Sin entender, entendiendo, he leído un verso polaco para que se venga conmigo. Y, en su página, he colado subrepticiamente -el bibliotecario, claro, está dormido- esto, esto que estoy escribiendo. Este manuscrito. Para que se inmortalice en Poznan. Para que me inmortalice en Poznan. Para que me inmortalice en la sección de Poesía de la Biblioteca del Conde Raczynskich.

Hoy me marcho de Poznan. Es muy posible que -metafísico- me quede.

lunes, 22 de mayo de 2017

Diario de un poeta que acercó a Baroja y Juan Ramón a Poznan, Polonia

En el marco del Programa ERASMUS para la Movilidad del Profesorado, de la Unión Europea, impartí en abril de 2017 unas clases en la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan, Polonia, invitado por el Departamento de Literatura Española e Iberoamericana. "El estilo en LA BUSCA de Pío Baroja" y "Juan Ramón Jiménez: Conquistar la Belleza absoluta con la palabra". He aquí el diario de esos días.
  

22/4/17, sábado

Me ha brotado herpes en el costado izquierdo. Muy molesto. Pero no doloroso. Es lástima: ahora que parto para Polonia.

Poznan es una de las ciudades más históricas
y con más tradición de todo el país
Los médicos me han hablado de la recurrencia de una antigua varicela. Y tan antigua. Yo. Cincuentón largo.

Pero creo que se trata de Belleza. De tanta Belleza como vi, leí y escribí estos días pasados en Castilla. Belleza atiborrada que ha reventado en sarpullido indoloro. Aunque molesto. Tanta Belleza tenía que explotar. Que explotarme.


23/4/17, domingo

Estoy conociendo la ciudad de Poznan. Que se ofrece. Impúdica. Hay mucha Belleza. Hay mucho pasado. Para bien. Y mucho lastre del pasado. Para mal. Hay mucha decadencia. Hay muchas ansias de un futuro que se exige. Al que no saben esperar. Anhelan una modernidad rápida que anule el pretérito. Sobre todo el más reciente. Quieren ir deprisa. No tienen suficiente dinero. Quizá tampoco suficientes ideas.


24/4/17, lunes

Algunos lugares espléndidos. En verdad hermosos.

Rincón de la plaza del Mercado
de Poznan en Polonia
En otros se mezcla caóticamente lo antiguo y la pretensión de lo actual. Poznan enamora. 

Cautiva y repele. Como el amor.

Como la vida.


25/4/17, martes

Misión cumplida. Con creces. En la Universidad Adam Mickiewicz. Baroja y la estética de la fealdad les ha interpelado. Juan Ramón y la estética de la Belleza les ha fascinado. Volando.

He disfrutado. Han disfrutado.


26/4/17, miércoles

San Estanislao. Impresionante iglesia barroca. Jardines de Chopin. Romanticismo en la naturaleza. Museo Nacional. Colección permanente muy notable. Mucha pintura polaca. Claro. Pero también del resto de Europa. Una sala espectacular de pintura española. Carreño de Miranda. Ribera. Zurbarán. Un par de Velázquez pequeños. Como exhibición provisional: Hans Arp. Deslumbrante despliegue de la morfología de su escultura.

He comido solo. Sin colegas, esta vez. Me he permitido un homenaje que no cobraré a las generosas arcas de la Unión.

El colorido que rodea la ciudad es espectacular
Esta tarde… La Ópera y sus jardines.

El Palacio Imperial. El Palacio del Káiser Guillermo II. Lo estoy recorriendo. De repente, dos milagros.

El primero. Un trío. Adolescentes. Rompe a cantar. Música polaca y latines en el aire del misterio palaciego. Estoy solo con los serafines en el salón espléndido. Éxtasis.

El segundo. Un ángel se me aparece. Se personifica. Se angelifica. Tiene alas. Eso es seguro. Habla polaco. Sólo habla polaco. Yo, inglés. Pero nos entendemos. Perfectamente. En el políglota idioma de los cielos. De los ángeles. De los hombres que se quieren. Que se quieren comprender. Me enseña, a mí sólo, los tesoros del Palacio. El trono del emperador. Los gabinetes de Hitler. Donde el oscuro nazi no estuvo. Pero sí Himmler y Göering y Goebbles. Me estremezco. Yo solo. Y el ángel.

Por cierto: los ángeles tienen sexo. Femenino. Femenino bello.

Embelesado de ángel y saturado de poder abandono el Palacio. Mi sensibilidad no puede más.


27/4/17, jueves

Esta mañana he visitado la catedral de Poznan. Mil veces construida y destruida. En este momento es un pastiche gótico de ladrillo polaco. Un pastiche de los años cincuenta muy bien conseguido. Muy acertado. La catedral se yergue en una ínsula fuera de la ciudad. Un paraje bellísimo. Jardines. Paz.

Vista a contraluz de la Catedral de Poznan
He andado la catedral. Una y otra vez. En un peregrinaje de hermosura y soledad. Dios no estaba. Al menos no estaba conmigo. Pero algo -un lago profundo- fluía.

He visitado la cripta. Se me ha quedado. Honda. Todos llevamos una cripta jonda que nos reclama.

He visitado también la Capilla Dorada. En el culmen de la girola. Se ha iluminado a mi presencia. Luz de pan de oro. Mucho oro. Creo que poco pan. Dios no estaba. Al menos no estaba conmigo.

En un petitorio he encendido una vela. Fuego. Por Paúl. Y -no puedo negarlo- por ti. Por Ella. Inma. La fuerza. La fuerza de la costumbre.

Dios no estaba conmigo.

Ya me he despedido de la profesora Judyta Wachowska. Cinco días de intensa bondad. No puedo negar un poco de melancolía.

  
28/4/17, viernes

En estos momentos estoy en la Biblioteca del Conde Raczynskich escribiendo. Así hago tiempo antes de ir al aeropuerto.

Fachada principal de la Universidad
Adam Mickiewicz de Poznan
Ya estoy en el aeropuerto de Poznan. En media hora empieza el embarque hacia Frankfurt. En esta ciudad alemana dispongo de poco tiempo para el transbordo. Espero que todo salga bien. Que no me quede en Frankfurt tomando salchichas por necesidad.

Después de transhumar por los aeropuertos -esos no/lugares-, desubicado y sucio, llegué a casa sin novedad.

La casa es demoledoramente acogedora cuando uno regresa del extranjero. Sobre todo la mía. Que es una extensión confortable de mi YO grande y frágil.

El hecho de que no hubiera novedad enfatiza, con patetismo, la metáfora del viaje. Vas solo. Lo vives solo. Vuelves solo.

Vibrante. Brillante y grisáceo viaje de la soledad a la soledad.

Ha merecido la pena. Tanta vena.


29/4/17, sábado


Gracias por haber estado ahí. Aliviándome. Justo al otro lado de la palabra.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Juan Ramón Jiménez: Entrevista ucrónica y lírica al poeta

Juan Ramón sonriente
Por Juan L. de la Cruz Ramos
Sociedad Bilbaina
Marzo, 
jueves, 18
19:30 horas
Por Odissea Ensamble Teatro y Trío de Cámara Più Mosso
PRÓLOGO EN OFF 

Señoras y señores, distinguido público, buenas tardes. 

Las dos únicas alas que los dioses han permitido al hombre, el Teatro y la Poesía, van a volar en seguida para ustedes. En efecto, gracias al misterio del Teatro aliado con la magia toda de la Poesía van a ser ustedes espectadores directos de aquel Genio que fue Juan Ramón Jiménez, redivivo. Vuelto aquí. Eterno y coleando. A él, estamos seguros, le gustaría permanecerse. Van a ser ustedes espectadores directos de Juan Ramón Jiménez en persona. 

Les ruego sean conscientes del prodigio. Del alarde. De la Fortuna irrepetible. Escuchar en fuego vivo a Juan Ramón es privilegio inapreciable. Les ruego presten toda su atención. Escuchar a Juan Ramón aquí y ahora no es fácil. Su idioma alto. Hermético. Tanta difícil sencillez. Les ruego presten toda su atención a la palabra exacta. A la intensidad eléctrica. 

Y déjense quemar.

Lea el texto completo

sábado, 11 de marzo de 2017

Mis queridísimos calzoncillos

Soportarme tan adentro es vuestra caridad. Con cuánto algodón me tapáis. Con cuánto cuidado -resignado, discreto- insonorizáis la oficina de mi cuerpo. Planchadísimos, os arruga la mole de mi peso. Pulcros, os desafían sin calo las zurrapas -la incontinencia- de mi verbo. Me tocáis tocándoos y guardáis, fieles, infalibles, mis secretos. A vosotros me entrego desnudo, herméticamente desnudo, como la campanada a su pueblo. Sois amigos. Compañeros, Confesores. Celo. Suspensorio artista. Taparrabos experto. Sois garaje. Secretario. Dique. Aterrizaje. Vuelo.

Mis queridísimos calzoncillos, armario de mis pecados, vergüenza de mis cueros, cómplices, perezosos en ponerse, raudos en desprenderos, mudables calzoncillos eternos, pocas veces exhibidos, recatados casi siempre, escondidos, nunca secos, centinelas interiores, recibid el rendido reconocimiento de éste que os lleva.

De "Cartas a mis cosas"

sábado, 19 de noviembre de 2016

La italianidad imposible: también Alberto Sordi

Ponencia presentada por el profesor Juan L. de la Cruz Ramos, del Departamento de Filología Hispánica de la Facultad de Letras de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) en el Congreso de Italianismo que se ha celebrado los días 17 y 18 de noviembre 
en la Facultad de Letras de Vitoria-Gasteiz. 


El hecho de que un hispanista haya sido invitado a un Congreso italianista dice mucho, y bueno, de sus organizadores. El hecho de que un hispanista haya sido invitado no sólo a leer esta modesta comunicación sino a formar parte del Comité Directivo de dicho Congreso italianista dice mucho, y alto, del talante superior y alzado de sus organizadores. El hecho de que este hispanista que les habla fuera requerido con impecable insistencia por la profesora Loreta de Stasio, ilustre italianista, para participar en este Congreso que organiza y dirige fue para mí un honor inmerecido y, desde luego, nunca pagable. Honor inmerecido tanto más cuanto me consta que la profesora Loreta de Stasio sabe de mi radical humanismo. Humanismo que me aleja de las etiquetas que tratan de enconsertar al hombre. Adjetivándolo. Humanismo que me confirma en la certeza del absoluto del hombre. Humanismo que me confirma en mi convicción de la integridad del ser humano como tal por encima de accidentes nacionales, raciales, políticos, religiosos o de cualesquiera otra artificial naturaleza. 

Nacido en San Sebastián a principios de la década de los sesenta la perversidad de la vida me hizo capricho paciente de una trágica sucesión de fenómenos del devenir histórico. El nacionalismo español del franquismo, primero; y el asfixiante nacionalismo vasco, después. Ambos pretendieron, sin éxito, asesinar mi ingénito humanismo revalidado por una inteligencia pensante e independiente. Inteligencia dependiente, eso sí, de la más disolvente e inerme de las potencias: la bondad. La palabra buena. El ejercicio constante e incansable de la lectura y el palpitar desafiante de un corazón rebelde triunfaron sobre lo superfluo y me ratificaron la infinita grandeza de la pequeñez miserable de la condición humana. La infinita grandeza de la pequeñez miserable de cualquier hombre. 

Convencido como estoy de que existen los españoles, pero no la españolidad. Convencido como estoy de que existen los vascos, pero no la vasquidad. Comprenderán ustedes mi honda exactitud al afirmar sin titubeos que existen los italianos pero no, de ninguna oscura maniera, la italianidad. La imposible italianidad. Existen decenas de millones de italianos. Claro. Uno y otro y otro y otro y otro. Cada quien irresignable, gozosamente único. Pero no existe ninguna esencia italianista tipificadora, igualatoria ni reduccionista. Ni, mucho menos, ninguna esencia italianista mitificable. Peligrosísimamente mixtificable. Quiero -quiero- remachar algo bien sabido por todo bien nacido: la identidad es quebradero muy complejo. Puro enredo. Singularidad inextricable. La pregunta. El enigma. El vértigo metafísico. Absurdamente irreductible a una absurda cédula de nacionalidad. 

Así pues resulta fascinante haber sido impecablemente invitado a este Congreso. Resulta fascinante la paradoja de estar interviniendo en un Congreso sobre una inexistencia. Un Congreso sobre la italianidad de la que el ponente es consciente de su inconsistencia. Sólo en España y en Italia puede acontecer tal cosa. Tal no cosa. 

Cuando yo era el profesor Lázaro Valbuena, antes de que me mataran, decía así a mis alumnos:

Quienes anteponen lo nacional, decía Lázaro Valbuena a sus alumnos, a lo social y a lo ético, son siempre sospechosos. Tienen algo que ocultar. Una viejísima y eficaz fórmula de control. Lo nacional es por definición particular y excluyente. Todo nacionalismo abre un pavoroso abismo de pronombres. Nosotros. Ellos. Cualquier nacionalismo es creador de otros, del otro. Y enemigo, por ende, de lo humano, de la humanidad. El nacionalismo es la necesidad de crear adversarios. Es lo opuesto a la amistad. Al amor. El nacionalista no es un humanista. No ama al hombre. Lo discrimina. Lo categoriza. Lo adjetiva. Establece grados de humanidad. El otro es diferente a mí. Vale menos que yo. Es peor. No es un hombre. Es un perro. ¿Por qué no apalear a un perro sarnoso? ¿Por qué no matarlo? En nombre de una identidad enfermizamente inflamada. Siempre falsa. Toda nación es una falacia. Cuanto más grande es la nación, mayor es su mentira. No hay más identidad que la humana. Pensad en lo que os digo. No hay más patria que el hombre.

Establecido así el fundamento irrenunciable de mi intervención puedo construir, sin miedo a ser malinterpretado, el hospitalario edificio que los italianos habitan en la cosmovisión hispana. Ser italiano en España es un ser entre amable y filoso. Ser italiano en España responde a una facilona, simpática y cruel retahíla de estereotipos que conforman una irisada -y hueca- pompa de jabón. La metáfora de la torre de Pisa, siempre cayendo, la belleza de esa caída geométrica perfecta que se permanece, declinante y altiva. La metáfora de la Venecia que se hunde inexorablemente y, arrogante, flota obstinada la simpar hermosura decadente de la covachuela de sus palacios. La verticalidad de los Duomos vacíos de dioses que devanan mármol al cielo. El calor familiar y entrañable del catolicismo pagano y falso. Los brazos abiertos de la plaza de Bernini que cierran el Vaticano al acogimiento de la pobreza. La bondad dentífrica de los Papas. La nariz de pinocho que se yergue en sospecha de falo. La sonrisa oficial de La Mona Lisa, en verdad, en verdad, nunca comprobada. El negocio multitudinario de la Fontana de Trevi, que sólo asegura el regreso pagando. La posibilidad de Volare sólo si se gana el Festival de San Remo y el trovatore se llama, qué nombrecito, Domenico Modugno. El marrón escatológico y diarreico de la Nutella tentadora. La tentación incitante de la promesa pectoral de la Loren y la Lollobrigida. El cine irrepetible de tanto genio acabado en -i latina: Bertolucci, Fellini, Pasolini, Visconti. La mentira de la patria resuelta en la música eterna de Verdi. La música universal resuelta en la voz prodigiosa de Caruso o Pavarotti. La injusticia social del teatro a la italiana. La hondura trivial de la Comedia del Arte. El viaje desde los Apeninos hasta los Andes del Marco de Edmundo de Amicis buscando a una madre que no merece ser buscada. La patraña de la Mamma, que tanta inseguridad entraña. La efervescencia lúbrica de las mujeres y las infinitas capacidades amatorias de los machos. La exquisitez de la moda, idónea para Principessas sin Principados y para Latin Lovers que pilotan un Ferrari. Rojo, por supuesto. 

El actor Alberto Sordi
Ser italiano en España responde a una facilona, simpática y cruel retahíla de estereotipos que conforman una irisada -y hueca- pompa de jabón. Italia en España es el macarrón, son los macarrones y, sobre todo, la reyezuela de la gastronomía, la pizza, esa caricatura del magno bocadillo ibérico. Italia en España es el ramplón catenaccio futbolero y la pelusa de apellidos legendarios, tipo Maradona. Italia en España -país de holgazanes ocupados, gandules nobiliarios y perdularios cucañeros- es el vago ideal de la dolce vita y el supremo ideal del vago: el dolce far niente. Italia en España es cierta permisividad con el Fascismo, entendido como mucho menos malo que el Franquismo o el Nazismo, suavizado por sus veleidades futuristas. Italia en España es cierta permisividad con la Mafia, la Cosa Nostra, la Ndrangheta, quizá porque su maldad cierta se ha diluido en míticos filmes pero también en ínfimas películas violentas de serie B. Italia en España es una infinita Nápoles sureña con calles atestadas de ropa tendida, palabrotas y motorinos. 

Y, sin embargo, yo, humanista, hispanista, humanista hispanista que niega la italianidad porque tal cosa no existe, reconozco que los grandes artistas italianos han formado parte mollar de mi conocimiento, de mi área de confort de la Belleza. Porque esos grandes artistas italianos, claro, por ser tan grandes, ejercían de artistas mucho más que de italianos. Sólo voy a desplegar algunos ejemplos.

Belleza. Belleza absoluta crea Dante cuando en el Canto XIX del Infierno canta:

…yo nunca me aparto
de quien a mi silencio voz procura

Belleza. Belleza absoluta crea Petrarca cuando en la Canción CXXX canta:

Para el llanto nací y en llanto vivo,
y alimento mi pecho con suspiros;
mas no me quejo, porque en tal estado
es dulce el llanto más de lo creído

El gran Pavarotti
Belleza. Belleza absoluta crea Miguel Ángel cuando esculpe La Piedad. Cuando Miguel Ángel esculpe a la madre del Cristo la esculpe hermosamente, inverosímilmente joven. Una jovencísima madre indecible en su preciosidad porque cuida -y sólo cuida- al hijo frágil, ya muerto. De mármol blando y maternal, cuida. Trabaja de madre. Por eso se permanece en sublimación de juventud como sólo una madre sabe demorarse. Enamoradamente. Porque el amor embellece y retiene. Detiene. El tiempo detiene.

Belleza. Belleza absoluta. Belleza sabia -perdón por la redundancia- crea Italo Calvino cuando reflexiona sobre la escritura en El caballero inexistente:

Ponerse a escribir con ahínco no evita que llegue una hora en que la pluma sólo rasca polvorienta tinta, y no discurre ya ni una gota de vida, y la vida está toda fuera, fuera de la ventana, fuera de ti, y te parece que nunca más podrás refugiarte en la página que escribes, abrir otro mundo, dar el salto.

/…/

No está dicho que se salve el alma escribiendo. Escribes, escribes, y tu alma está ya perdida.


Belleza. Belleza absoluta. Belleza desoladoramente extraída de la absoluta fealdad crea Primo Levi. En La tregua recuerda a Hurbinek. Que

no era nadie, un hijo de la muerte, un hijo de Auschwitz. Parecía tener unos tres años, nadie sabía nada de él, no sabía hablar y no tenía nombre: aquel curioso nombre de Hurbinek se lo habíamos dado nosotros, puede que hubiera sido una de las mujeres que había interpretado con aquellas sílabas alguno de los sonidos inarticulados que el pequeño emitía de vez en cuando. Estaba paralítico de medio cuerpo y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como hilos; pero los ojos, perdidos en la cara triangular y hundida, asaeteaban atrozmente a los vivos, llenos de preguntas…

/…/ 
Nada queda de él: el testimonio de su existencia son estas palabras mías.


Belleza. Belleza absoluta. Belleza grotesca. Película: I Due Nemici. Título traducido con brillantez al español como Su Mejor Enemigo. Segunda Guerra Mundial. Etiopía. O, mejor, Abisinia, 1941. Absurdo enfrentamiento militar entre David Niven, el irritante oficial gentleman, y Alberto Sordi, el capitán espantapájaros, el cómico, el ridículo soldado italiano que hace las cosas a la italiana. En un momento dado, en una secuencia ilimitada, ecuménica, afronteriza -ni italiana ni inglesa-, en una secuencia pura, puramente humanista, los dos enemigos que no son enemigos, que no quieren serlo, que reniegan de su recíproca alteridad, se dicen, se cantan estos versos elementales:


-Mi esposa me dijo que no le importaba que no fuera un héroe. Pero que volviera a casa.
-Procure usted complacer a su mujer.


La italianidad no existe. La imposible italianidad. Existen decenas de millones de italianos. Claro. Uno y otro y otro y otro y otro. Cada quien irresignable, gozosamente único. Pero no existe ninguna esencia italianista tipificadora, igualatoria ni reduccionista. Ni, mucho menos, ninguna esencia italianista mitificable. Peligrosísimamente mixtificable. Existen Dante y Petrarca y Miguel Ángel e Italo Calvino y Primo Levi y Alberto Sordi. Italianos. Sí. Pero radicalmente hombres. Hombres sin adjetivos. Sin gentilicios. Hombres que, cuando creaban, ejercían sólo como sólo hombres. Hombres que crearon como sólo hombres, desde su bendita condición de sólo hombres, la Belleza absoluta. La Belleza universal.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Don Quijote y Dostoievsky

No soy idiota si me doy cuenta 
de la que la gente me cree idiota 


Conferencia del profesor de la Cruz, 
pronunciada en el marco de las Jornadas Cervantinas desarrolladas entre el 25 y 27 de octubre, en la Facultad de Letras de la UPV/EHU, con ocasión de los Actos de Conmemoración del Cuarto Centenario de la Muerte de Cervantes

Don Quijote frente a un molino
Cervantes y Dostoievsky coincidieron en su condición de condenados. Ambos -como tantos escritores de tantos siglos y tantas nacionalidades- sufrieron la privación de su libertad. Ambos anhelaron ésta. Ambos, experimentados en su carencia, la ansiaron sin límites. Ambos, alguna vez en sus vidas, firmaron absurdos contratos editoriales. Ambos fueron militares, hombres de armas; pero, por encima de todo, ambos fueron libropésicos, apasionados por la literatura, hombres de letras, vencidos por la palabra. Claro: ambos fueron vencedores de la palabra. Gracias a su fervor por la palabra Dostoievsky venció su ludopatía. Gracias a su fervor por la palabra Cervantes venció la inmortalidad.


Frente a los personajes planos, los héroes aproblemáticos de las novelas de caballerías, de las novelas pastoriles, de las novelas moriscas, de las novelas bizantinas, Miguel de Cervantes crea ese portento miserable, ese carácter escuálidamente humano, humano, demasiado humano, altamente y menesterosamente humano, ese personaje cuya raíz es el Problema, ese personaje antiheroico que es Don Quijote. Verdadero y auténtico. Verdadoso y moral. 


Por supuesto el genio cervantino creó otros personajes quijotescos, otros personajes locos o frágiles que emplearon las ejemplares páginas de la novela para abofetear con la verdad. Algo de quijotesco, por supuesto, se transparenta en el Licenciado Vidriera; y, por supuesto, muy quijotesca es Preciosa, la inspiradora Gitanilla, cuando se atreve:


Estos señores bien pueden entregarte mi cuerpo; pero no mi alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiera.

Y es que condición quijotesca SINE QUA NON es la reivindicación radical, romántica, de la Libertad. Una Libertad que se ejercitará en innumerables ocasiones en el peligroso acto de no callar. 

Dostoievsky

Tengamos claro esto: Don Quijote -o cualquier personaje quijotesco- es aquél cuya locura, cuya fragilidad, cuyo ridículo es la mayor de las corduras; es aquel personaje que mucho más que estar loco finge estarlo porque aparentar ser un loco le permite ser moral, ser crítico, ser bueno, ser libre. Que estas cuatro cosas son, quijotescamente, una y la misma. En el Capítulo I de la Primera Parte se cuenta una escena doblemente genial: genial por lo contado y genial por la escritura de lo contado. Para ser caballero andante Don Quijote necesita armas. Así, recupera unas de sus bisabuelos, oxidadas y mohosas:

Limpiólas y aderezólas  lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza, y sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Una de las obras
más reconocidas
del escritor ruso

Repárese en la fascinación de la cómica inteligencia: Sin querer hacer nueva experiencia della. Don Quijote considera su rudimentaria, débil celada, como el no va más de las celadas sin querer hacer nueva experiencia della, sin comprobarla otra vez, sin someterla al furor de su espada. Porque, claro, Don Quijote sabe -sabe- que otra vez y siempre la anemia de su reputada celada no lo resistiría. Don Quijote sabe. Lo sabe. Un loco no lo sabría. Sólo un loco fingido, un loco interesado, un cuerdo al que le interesa pasar -pasarse- por loco, lo sabe. Hasta el punto de que Don Quijote se atreve a declarar esta proclamación vertiginosa, escalofriante:


Yo sé quién soy, y sé qué puedo ser.[1]


Ser loco, pues, es útil. Porque ser caballero andante -y sólo ser caballero andante- le permite decir que


soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos.[2]


Ser loco es útil. Le es útil. Porque ser caballero andante -y sólo ser caballero andante- le permite decir esto:


Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno.[3]

Ser loco es útil porque ser loco -y sólo ser loco- consiente ser bueno. Reparen en lo que estoy diciendo. Reparen en lo que Cervantes les está diciendo. Sólo se puede ser bueno pretendiéndose loco. Ser bueno. Hecho que entraña, además, la consciencia -Don Quijote es un loco consciente, insisto- del peligro de ser bueno. El hombre bueno sabe del peligro de serlo. Don Quijote sabe que sufrirá trabajos, prisiones y encantamientos por ser virtuoso, por ser un loco virtuoso:


Donde quiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida.[4]

Ser Don Quijote, ser quijotesco, es ser, a fuer de loco, bueno; y a fuer de bueno, valiente. Locura fingida, bondad y valentía. He aquí la vertiginosa y acuciante tríada de valores que proclama y reclama el fortísimo, el fragilísimo Caballero de la Triste Figura. 


Don Quijote, emblema de
La Mancha, y de España

Repárese también en que ser Don Quijote, ser quijotesco, requiere decir. Decirlo. Don Quijote dice que es comedido y liberal y biencriado. Don Quijote dice sus intenciones virtuosas. Don Quijote dice que los molinos son gigantes. Don Quijote dice que Aldonza es Dulcinea. Al decir, Don Quijote convierte. Para Don Quijote el lenguaje posee poder. Poder fáctico. Creador. Divino. El lenguaje hace realidad lo que Don Quijote sabe que no lo es. Si no lo dice, no es. Y, al contrario, maravilla de las maravillas, superación definitiva por medio de la palabra, si Don Quijote lo dice, entonces, y sólo entonces, es. Ser Don Quijote, ser quijotesco, es creer -creer- en la energía de la palabra. Y puesto que ser Don Quijote, ser quijotesco, es creer en la bondad, querer ser en la bondad, ser Don Quijote, ser quijotesco, es creer en la bondad de la palabra. En la fuerza benigna de la palabra. Por eso Don Quijote pronuncia la frase de las frases, la sentencia que le resume y substancia la inefable dificultad de su misión prodigiosa:

Yo imagino que todo lo que digo es así.[5]
  

Dostoievsky es uno de los magnos humanistas rusos, europeos, universales. Un escritor lúcido y herido que compromete su literatura en una penetración profunda de la realidad a través de la Belleza. Dostoievsky, claro, como Cervantes, está herido por su lucidez. En sus escalofriantes Memorias del subsuelo se manifiesta explícitamente:


Una conciencia demasiado lúcida es una enfermedad, una verdadera enfermedad.

El desquiciante protagonista de estas Memorias se reconoce “enfermo”, “malo”. Se trata de un protagonista cínico y egoísta, el anti-príncipe Myshkin, en este sentido; pero, sin embargo, como él, como Myshkin, este protagonista puede ser, gracias a su rareza, hipercrítico. Como Don Quijote. Y, como Don Quijote, es otro antihéroe. Lo escribe así Dostoievsky:


En toda novela hay que presentar a un héroe, y aquí se hallan expresamente reunidos todos los rasgos de un antihéroe.


Precisamente ser un enfermo, ser un raro, ser un antihéroe le permite al tremendo personaje su sinceridad sin límites, su quijotesca franqueza. Franqueza imparable que le lleva a descalificar sin tasa la naturaleza del hombre: “Su defecto mayor es su constante inmoralidad”. No más. No menos.


Grabado de El Quijote de
 Gustavo Doré (siglo XIX)

Quizá, tras el Quijote, la otra novela de la Historia Universal de la Literatura es Crimen y castigo. Otra sobrecogedora prueba más de cómo Dostoievsky supo desnudar, porque la conocía a fondo, esa naturaleza del hombre de la que estamos hablando. Humana naturaleza que es, claro -Cervantes, Dostoievsky, Lorca-, pena. La pena. No más que pena. Así, leemos en la novela de Raskolnikov:


Los hombres verdaderamente grandes han de experimentar en este mundo una pena inmensa.

Compañero de esta pena honda y panhumana, de esta negra pena irredimible que nos ensucia a todos es, por supuesto, Don Quijote de La Mancha. 



A nosotros nos interesan, en este momento, Don Quijote y los personajes quijotescos que, so capa de locos, de falsos locos, aprovechan el frenesí de su delirio para poder decir verdad. Resulta, pues, fascinante, que en Los hermanos Karamazov el Stárets Zosima denuncie al otro tipo de mentiroso, al mentiroso mentiroso, al mentiroso auténtico que miente a conciencia e, incluso, de tanto mentir, no es consciente ya de que lo hace. A nosotros este engañador mendaz y bolero no nos interesa; nosotros, como Cervantes, como Dostoievsky, despreciamos a este ser inmoral:

El que se miente a sí y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad ni en su fuero interno ni a su alrededor, pues deja de respetarse a sí mismo y de respetar a los otros.


Nos interesan esos otros personajes, los personajes que inventan una ficción, que se inventan una ficción para, desde ella, desde el parapeto de su propia fábula, de su fábula autocreada pero no del todo creída, espetar la verdad. Tal vez, en este sentido, el personaje dostoievskiano más eminentemente quijotesco sea el Príncipe Myshkin, agonista rotundo de El idiota. La lectura juvenil y veraniega, desgarradora y quemante -y perpleja- de esta novela perfecta, que me maduraba mientras mis hermanos se permanecían en su irreductible adolescencia playera, es una de esas experiencias éticas y estéticas que uno no quiere olvidar. No quiere.


Dostoievsky fue un admirador
 confeso de la obra de Cervantes

Si Don Quijote considera su rudimentaria, débil celada, como el no va más de las celadas sin querer hacer nueva experiencia della, sin comprobarla otra vez, sin someterla al furor de su espada, porque, claro, Don Quijote sabe -sabe- que otra vez y siempre la anemia de su reputada celada no lo resistiría; así, del mismo modo agudo y consciente, el Príncipe Myshkin suelta a bocajarro:

¿Cómo voy a ser idiota, cuando me doy cuenta de que la gente me cree un idiota?

El Príncipe se da cuenta. Sabe. El Príncipe se da cuenta. Por supuesto que no es un idiota. El idiota no es idiota. Ahí estriba la clave. Quijotesca. La clave quijotesca. El idiota pretende serlo. Lo finge. Juega a la mentecatez. A la necedad mema. Actuar como un idiota, como un loco, como un pseudocaballero andante decimonónico y ruso, precipitarse en radical ridículo, le permite ser quijotescamente sublime. Le permite clavar la verdad. Clavar la verdad incómoda. Picar con el aguijón de su palabra desazonadora y cierta. Desasosegar. 



En uno de esos -pocos- momentos altos, excelsos, de la novela de todos los tiempos; en uno de esos -pocos- pasajes novelescos en los que la narración logra elevarse a poesía, el Príncipe Myshkin azuza versos gigantes como éstos, ataca versos-molinos de este calibre:

Es mejor que hable /…/ Yo siempre tengo miedo a que la palabra, mi pobre palabra y mi aspecto ridículo traicionen mi pensamiento /…/ Mis ademanes no tienen belleza ni mis gestos equilibrio. Cuanto hago mueve a risa /…/ Sé que a mí, lo que me cumple es quedarme quieto, callado /…/ Pero ahora es mejor que hable.

Y entonces Myshkin, el Príncipe Myshkin, ridículo y bueno, ridículo y humilde, humilde por bueno, el pobre idiota, el magnífico idiota que no es idiota, que sabe que no es idiota, pronuncia la frase crística por excelencia, quijotesca por antonomasia, el verso punzante e inteligente, la lección breve que sintetiza la pureza de su honestidad, el grito pleno de su honrada belleza, la exigencia de que el poder, la autoridad, se entienda como diaconía:


Seamos capaces de servir y así nos convertiremos en superiores.

Don Quijote no lo hubiera dicho mejor.




[1] Capítulo V, Primera Parte.
[2] Capítulo I, Primera Parte.
[3] Capítulo XXXII, Segunda Parte.
[4] Capítulo II, Segunda Parte.
[5] Capítulo XXV, Primera Parte.