domingo, 26 de mayo de 2024

“Pasan, si quieren pasar”

Libros en el aula (Fotografía Pexels)

Antes que nada quiero pediros perdón por el portazo del otro día. Os confieso que, desde mi desasosiego y confusión, no fui consciente de cometerlo. También quiero pediros perdón por no haberme dado cuenta, esa infausta mañana, de vuestro miedo, de vuestro miedo natural, de vuestro miedo que, exactamente, era lo que perseguían. Desde el miedo paralizante es difícil reaccionar.

Me parece que la huelga estaba justificada. Concuerdo con la reivindicación de dignidad laboral y salario justo para muchos profesores jóvenes de la Universidad del País Vasco. Ahora bien: los diez energúmenos que irrumpieron en nuestra clase no eran profesores, no pueden serlo, nunca podrán serlo. Reventar la puerta, interrumpir violentamente la lección de un colega, gritar consignas y exhibir pancartas, amedrentaros a vosotros y a mí, acorralarme, prostituir la palabra en bruta fuerza, vencer, no convencer, son actitudes propias de matones, no de académicos. Lo que os enseñaron fue lo implacable de la violencia, la prepotencia de la palabra coercitiva, la imposición del silencio de goma oscura.

Perpetraron un pequeño, pero gravísimo, acto de terror. Infundieron miedo de fina arena. Bajo el pretexto de la huelga atacaron la ciudad de los gitanos. Otra vez.

Ante aquellos diez fornidos chulos me sentí, porque lo estuve, desamparado. Y fracasado. Y viejo. Y diminuto. Y jondamente frágil.

Os confieso, también, que soy un llorón. Lloro por aquéllos a los que quiero. Lloro por aquéllos que me quieren. Lloro por el caballo malherido. Lloro por la bailarina sin caderas. Desde mi corazón vulnerado quiero agradecer la infinidad de visitas y llamadas telefónicas de docentes de la Facultad y miembros del Decanato. Pero, sobre todo, sobre todos, quiero agradeceros el hecho innegable de vuestra asistencia a clase en una jornada que se preveía peligrosa. Quiero agradeceros vuestra presencia posterior en mi despacho, gota a gota, hasta colmar un mar que me bañó de alegre pena, no de pena negra. Quiero agradeceros vuestras lágrimas, que no merezco, que lamento - hasta el vértigo - haber causado.

Os anuncio que no voy a abandonaros. Que de ninguna manera ramera voy a abandonar esta clase. Ni puedo. Ni quiero. Ni os voy a traicionar. No sólo os necesito porque no sería profesor sin vosotros, sino porque me habéis ganado el corazón. Lo habéis penetrado. Y me gusta teneros. Ahí. Os anuncio también que retomamos a Lorca. Que no vamos a permitir que acallen a Federico. Otra vez. Os anuncio que, tal vez, su fuego haya incendiado esta aula. Mira, aquí está. Os anuncio que, tal vez, Federico no sólo repose en Víznar sino que su duende trasparente está jugando. Mira. Aquí.

                                                                                                                   Facultad de Letras, UPV/EHU

                                                                                                                    Vitoria, 11 de marzo de 2024

PoesíApp: El viento

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En una larga vida -la vida siempre es cicatera- puede ocurrir. Ayer pasó. Me quedó. El viento. Sí. Ya sé. Sé que el viento se escucha. Se mide. Toca. Me tocó. Vaya si me oprimió. Pero no se ve. El viento no se ve. Al menos, yo, no lo vi. Ayer me pasó. Invisible. Racheado. Omnipotente, el viento me detuvo, me arredró, me humilló. Tras una larga vida. Ayer. Ocurrió.

PoesíApp: El Psoeta

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Necesariamente, el psiquiatra está tocado del ala. Sufre de ala quebrada; puede volar, claro, pero vuela mal, en constante riesgo de caída. El psiquiatra, necesariamente, claro, también, está loco; sólo un loco puede atender, puede entender a otro loco. Pero su locura es aérea: le seduce a volar. Aunque a volar mal. Siempre cayendo.

El poeta es el otro costado del psiquiatra. El psoeta. El psoeta, necesariamente, está tocado del alma. Sabe, sólo, volar. Volar solo. Pero no sabe caer. Ésa es la gran diferencia. Cuando el psoeta cae, necesariamente, muere.

domingo, 12 de mayo de 2024

PoesíApp: Ella

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Afortunadamente, algunas veces las gramáticas se equivocan. En muchos de mis viajes a américas angloparlantes mis amigos nativos, queriendo resultarme simpáticos, han recurrido al español y, en su errar castellano, han perpetrado imposibles idiomáticos. Así, por ejemplo, me resulta fácil recordar a conspicuos neoyorquinos diciéndome que tal obra era "muy preciosa". En verdad, preciosa es un adjetivo superlativo en sí mismo y acepta mal, por tanto, el énfasis de muy. Está claro.

Sin embargo -y este sin embargo es el más hondo que yo jamás haya poetizado-, sin embargo, digo, hace unos días la conocí. A ella. Ella. Cuya rosa... En fin. Ella. No preciosa. No. Algunas veces las gramáticas se equivocan. Ella. Muy preciosa.

PoesíaApp: Pena fraterna

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Mientras los hermanos mayores envejecemos los hermanos menores, tal vez, crecen. Tal vez. El otro día, en una cualquiera reunión de queridos, hablando yo -siempre hablo de lo mismo- de mi fracaso, en un momento dado -cemento armado-, hablando más fracasado que nunca, rompí a llorar. Todos mis queridos presentes paralizaron. Se paralizaron. Sólo mi hermano pequeño, crecido y viejo, se me acercó. Me tomó. Y levantó mi pena.

PoesíApp: Ojo mudo

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Desde la adolescencia practico una táctica falible. Cierro el ojo derecho o cierro el ojo izquierdo. Mientras me paseo por la vida, en cuanto atisbo fealdad a diestra o a siniestra cierro el ojo correspondiente. Así no la veo. Esta mi técnica de socorro y auxilio me ha permitido, mientras paseo la vida, sobrevivir. Me ha ocultado excrementos, ruinas, mutilaciones, lisiados, infiernos. Desde la dolorescencia, eso sí, mientras me paseo por la vida, falible y tuerto, ni un solo minuto he dejado de estar vigilado por la muerte, binocular.

PoesíApp: Certezas imposibles

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Yo quisiera que Él no se enojara. Que Él comprendiera. Me comprendiera. Si Él con seguridad roja existiera, si, por ende, más allá hubiera -azul certeza- otra ría, otra playa, otra marea, entonces me gustaría que Él me comprendiera. Que Él comprendiera que en aquella otra mar definitiva, eternamente fiera, deseara yo no contemplarle, ni temerle, ni adorarle, a Él, sino reconocerla y reamarla y disolvérmela, a Ella, fieramente eterna, ya. Ella.

PoesíApp: Vestigios de adolescente

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En la adolescencia no se es. Se está. Se malestá. Yo, para paliar tanta incomodidad, antes de la ducha de todos los viernes -sólo de los viernes-, desnudo ante el espejo de muerto entero, la mano ejerciendo de micrófono, solía cantar a voz en grito tonadas famosas de los setenta. Eso sí: Con la letra trastocada, incierta, mal improvisada. Desnudo, reflejando muerte, constituía yo mi único auditorio mientras clamaba una lírica ligera e inventada. Ahora, muy lejos de aquella pubertad -no estoy en la adolescencia, claro, pero soy...-; ahora, digo, no sólo los viernes, desnudo, duchándome, sino todos los días, encorbatado pero muerto, digo poesía al espejo de la vida, poesía sesuda, con letra aprendida, poesía mía, y me permanezco. Me permanezco único miembro de mi auditorio, único miembro de mi fracaso, de mi tonada hambrienta.

Poesíapp: Encorbatarse

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Muy de mañana, mientras me encorbataba... Sobre la mesilla, entre bagatelas, reposa un crucificado. Un tímido crucificado de plata soportado por una lasca de amatista. Mientras me encorbataba con destreza la estatuilla ha resucitado. Otra vez. Ha renunciado a su ser metálico, precioso, y se ha encarnado, otra vez. Además, se ha acrecido hasta dimensión humana. Imponente. Llenaba el dormitorio, ahora, pleno de hombre. Extasiado, yo, he cesado las circunvoluciones del adminículo sedoso. Y miraba. Sólo miraba. Sin atreverme a tocar. Ni a hablar, siquiera. Tampoco Él me ha dicho. Nada. No ha dicho nada. Me ha clavado una ojeada de pena, de tanta, tanta pena... Y, súbito, se ha empequeñecido y se ha resuelto en plata. Otra vez. Y se ha involucrado en la amatista. Crucificado. Otra vez. Eternamente crucificado.

sábado, 21 de octubre de 2023

PoesíApp: La pena humana sobre la tierra

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Cientos de miles. Tal vez millones de años. Los biólogos no concuerdan. O, al menos, yo no les entiendo. Cientos de miles. Millones de años, dicen los biólogos, persiste malviviendo el hombre sobre la tierra. Yo no sé cuánto. Pero sí me causa pesadumbre insoportable saber que desde hace tanto tiempo -todo el tiempo, en verdad: me temo que el tiempo sólo corre en función del ser humano, que el tiempo sólo corre para colmar la tragedia de ser humano-; me causa pesadumbre insoportable, digo, saber que desde hace tanto tiempo, cientos de miles, tal vez millones de años, hay pena en la tierra. Porque hay hombre. La pena. Exclusiva. Nuestra.

PoesíaApp: Eutanasia de Pargo

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En la ciudad mediterránea, rubia y añil, lo instalaron hace muchos años. No era un megalómano edificio pseudomarino costero. Se trataba de un tímido acuario, de una pecera cúbica de un par de metros cuadrados de base por otros dos metros de altura. De altura de agua. Salobre. De humana altura de agua. Nadaban, impertérritas, mojarras y doradas y sardinas. Un día de cada día, el gamberro. Martillo en ristre destroza la transparencia. El agua se vierte, inútil, por la calle sangrienta. Yo estoy allí en casualidad pura. Un pargo, todo ojos, gelatinoso y feo, boquea sobre la acera. Desubicado. Me da asco. Lo acojo en mis manos -olas- y lo acaricio. Y hasta le atuso sus últimas escamas frías. Me da asco. Pero cuido sus estertores. Al fin, muere. Siempre el final es morir. Mas, un día de cada día, no ha muerto solo. Ni desamparado. Mi pargo.

PoesíApp: PenetrándoME

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Nadie ha penetrado tan interior, tan sosegadamente. Nadie me ha entrado tanto. Ella. Sólo ella. Ella ola. Ella lee. Me lee. Y al vivir, al revivir mis versos, no pronuncia. Sola, lee. Y, allí, en lo hondo de su lectura mar - silencio y yo, yo en su silencio-, Ella lee, Ella me lee con mi voz. A nadie he entrado tanto.

PoesíApp: Presas infantiles

Pexels
Todas las playas de todas las mares, de todas las tierras, comparten un finito común. Poeta, no hablo ni del finito de la luz, ni del finito del azul, ni del finito del salitre, ni del horizonte finito. Poeta, tampoco hablo del finito de los cuerpos, hermosos, unos, pletóricos; derrengados, otros; frágiles, humildísimos, todos. No. Poeta, no hablo de nada de eso. Hablo del finito de los niños desnudos, del finito de los niños desnudos de raza, desnudos de clase, desnudos de dios, desnudos de lengua. Hablo, poeta, de todos los niños de todas las playas, de todas las mares, de todas las tierras, de todos los niños finitos, desnudos e iguales, que, en todas las playas, se empeñan, en infinita belleza, en hacer caber toda el agua, el agua toda, en su pozo de arquitectura playera; que se empeñan en frenar el ímpetu de las mareas con su dique de arena.

lunes, 28 de agosto de 2023

PoesíaApp: 'Braslí'

Fotografía Pixabay
Hoy por la mañana tenía contratado un masaje muscular profundo en el gimnasio/spa del hotel. Más que puntual, me he personado. De súbito, me han acomodado en una cabina sicalíptica. Tenue luz. Musiquilla insinuante... No sé de dónde ha surgido una endemoniada belleza sudamericana que me ha sugerido ponérmelo. Sólo eso. Ponerme sólo eso. Un livianísimo adminículo al que ha llamado 'braslí'. Con discreción, la simpar sureña ha abandonado el cubículo para que yo procediera a la investidura del sucinto trapo. Ante mi sorpresa, éste era tan, tan diminuto -yo no soy hombre especialmente dotado- que el taparrabos apenas si cubría lo que debiera... Excitado, casi descubierto, casi desnudo, la puerta ha vuelto a abrirse. Ahora... Era el momento... Excitado, casi desnudo, he asistido con estupefacción decepcionante al ingreso del fisioterapeuta para mí designado. Un maromazo aragonés de pelo en pecho que, sonriendo, ha machacado mi viejo cuerpo. Muscular profundo.

martes, 25 de julio de 2023

PoesíApp: La imperfección

Pexels (Elif Deniz Karabacak)

Según se dice -parece dicho por expertos en matemáticas, aritmética y geometría-, a todo lo largo y ancho del universo no hay ni una sola figura perfecta. Según dicen, es imposible para el mundo un triángulo, un cuadrado, una circunferencia perfectos. Tan sólo en un orbe ideal sería factible el completo primor formal. Sin embargo, el poeta -experto en humanidad- sabe, sabe, que cada hombre está irreprochablemente terminado. Consumado. Es miserablemente cabal. Absoluto. Frágil. Exacto. Cada hombre.

PoesíApp: Colección de crucificados

Pexels (Piotr Arnoldes)

Comprendiéndolo, nunca lo he entendido. El panteísmo. El pancristeísmo. Que Jesús, que es quien me importa, esté por todos lados, en todos los campos. Hace sólo unos días resolví un tanto más esta mi perplejidad. 

Sala del museo. Colección de crucificados. Marfil. Mi sorpresa: en el colmillo fálico de un grotesco animal bueno, de un animal gigante, esperpento, se permanece agazapado, Él, aguardando el albur del artesano, del escultor, del hacedero. En el colmillo reposan, expectantes, sin saberlo, el pudoroso paño, el exquisito paño, las piernas quebradas, los pies en puro desperfecto, las manos taladradas, los brazos universo, la herida del costado, la anémica tablazón del pecho, el tórax deshinchado, el corazón perpetuo, el rostro -sangre, perdón, miedo-, la frente espinosa, la afrenta de tanto cuerpo detenido en ese exacto  muriendo. Todo eso -pancristeísmo- en el colmillo fálico de un grotesco animal bueno.

PoesíApp: El Tiempo

Pexels (Julia Volk)

El monasterio milenario. Cueva. Piedra. Azul. Y versos. Todo leve. Todo pesa. Tanto tiempo. Nacimiento. Muerte y nacimiento. Le nacen lenguas al monasterio. Pero, sin cese, la muerte: muerte tras muerte de monjes y legos. Escritura y muerte de manuscritos y rezos. Arte y muerte conviviendo. Perdurando, el tiempo. Solo. El tiempo. En el atrio, incógnitas, tres tumbas. Trinidad de polvo, amnesia,  desprecio. Tres reinas eternamente cero. Anónimas. Anémicas. Tres tumbas apenas asiento para visitantes viejos. ¡Ay! El tiempo. Cómo se burla de la realeza y de la belleza y de Dios. ¡Ay! El tiempo. Vértigo...

PoesíApp: Melitón y Albina

Pexels

No los conocí nunca. Tal vez, sin embargo, los he reconocido siempre. La esencia, el miedo. Ya su nombre -abejas, música y candidez- era un verso. Un hexasílabo íntegro. Un cuadrado perfecto. Se llamaban Melitón y Albina como se podrían haber llamado libélula y vuelo. Su vida: hambre, orinales, ovejas y, por fin, dinero. Él, pastor büeno. Ella, pobre eterno. Ambos olían, siempre olieron, a lechuga, a tomate y a heno. Por fin, con su dinero -limpio, misérrimo-, compraron el cielo...

viernes, 16 de junio de 2023

PoesíApp: Los arneses

Katya Wolf (Pexels)
No cabe duda. La realidad es compleja. A veces, un efecto diseñado para controlar, para someter, puede convertirse en un afecto protector, en un afecto cuidador. Por ejemplo, los arneses.

Concebidos desde el poder para sujetar al caballo o al soldado -para el poder, un caballo y un soldado no son calidades, pero sí cantidades semejantes-, los arneses, en manos maternales, devienen en atención y primor.

Así, cuando yo era padre de un bebé lo transportaba colgado de mí, embarazado de él, mediante un artilugio arnesiano que lograba que el niño fuera a su ser, regalándome su espalda y asomando al mundo en apoteosis de curiosidad.

Y otro caso. Cuando yo cumplía el servicio militar prostituía el uso de la mochila de campaña y su arnés. En lugar de cargarla de bombas y de tanques y de metralla, la atiborraba de poemas y de granadas -rojísimas, jugosas- y de crepúsculos en azul.

En fin. Que no cabe duda. Que la verdad es compleja. Que, a veces, el hombre, el poeta sobre el lodo, es capaz de transgredir.

PoesíApp: Ballestrinque

Pixabay

Qué equivocación. Qué aturdimiento. Haber pasado. Tanto, tanto extenso. Haber errado -cuánto- sin saberlo. Yo, que creía estar anudado a ella en ballestrinque. A ella. La vida. La belleza. La misma. Y no. Es que no. Es que. La verdad es que. La maldad es que la otra, la muy otra, fue quien me ató, de nacimiento. La otra. Me ató. Me ataúd. Inzafable. En ballestrinque.