sábado, 5 de octubre de 2013

Memoria

Llevo tantas aulas en mis años como si las venas me fueran de papel. Y tinta. Y tiza. Blanco polvo de tiza. Más de media vida, claro, es toda una vida. Toda una vida de preguntas y luz. Ahora, al cabo -al cabo…- de tanto tiempo me bromean algunas ilusiones. Por ejemplo. Recuerdo en el ensueño a mis alumnos, a los que di de comer y me nutrieron. Los recuerdo detenidos en su edad. En aquella su edad. Una formidable teoría de jóvenes permanecidos en los veinte años. No puedo -no quiero- imaginarlos crecidos. Maleados. Viejos. Mi memoria los retiene en plétora, hermosos y bellas, tersura pura y pura potencia. Me ha ocurrido, incluso, alguna vez, que la vida me ha cruzado con un antiguo estudiante ya curtido y yo le he estorbado el saludo, no he aceptado reconocerlo, me he negado a la evidencia. Los quiero a todos como eran. Porque eran. Tanteando. Intentando el primer -o el segundo- beso. Curiosos. 
Llevo tanto amor en mis años que las venas hechas polvo. Más de media vida amándola. Ahora, al cabo, ya no la tengo. Ya no tengo ilusiones. De todas todas la recuerdo con veinte años. Incluso cuando la recuerdo maleada y vieja tiene veinte años. Potente. Bella. Era entonces cuando le decía, por ejemplo: sal, rosa, himalaya fina. O le decía que me sabía a sur. Y era entonces cuando yo intentaba, siempre curioso, el enésimo beso.

17 - 7 - 13

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